Las herramientas del labriego: un año de trabajo en la mano
Un cuaderno de campo de la cuenca del Navia guarda los nombres de las herramientas con las que se trabajó la tierra gallega hasta hace medio siglo. Las seguimos a lo largo del año campesino, del arado al granero.
Durante siglos, el labriego gallego trabajó la tierra con herramientas que él mismo, o el herrero y el carpintero de la parroquia, hacían y arreglaban. Madera de roble, fresno o castaño; hierro batido en la fragua; mimbre y castaño rajado para los cestos. Con eso se araba, se cavaba, se segaba, se trillaba y se guardaba el pan de un año para el siguiente.
Muchas de esas herramientas apenas habían cambiado desde la Antigüedad. El arado de madera que aún se usaba en las tierras de montaña a mediados del siglo XX era pariente directo del arado romano. La guadaña, la hoz y el mayal tenían la misma forma que se ve en los capiteles y en los calendarios agrícolas medievales. Y, sin embargo, en una sola generación (entre los años cincuenta y ochenta) casi todas desaparecieron del trabajo diario para pasar al desván, al museo etnográfico o a la pared de una casa de turismo rural.
Este reportaje sigue el año del labriego a través de quince láminas hechas a partir de un cuaderno de campo dibujado a mano, que recoge no solo la forma de cada herramienta sino también el nombre de cada una de sus partes y las variantes que esos nombres tenían de parroquia en parroquia. Los conservamos en gallego, porque son ellos el patrimonio que el cuaderno quiso salvar.
Un vocabulario que cabe en un cuaderno
El cuaderno original tiene letra a mano, flechas, nombres subrayados y, entre paréntesis, el lugar donde se recogió cada variante. Las láminas que acompañan este reportaje lo redibujan y numeran las piezas, con los nombres y sus variantes al pie. Los topónimos (Freixo, Barangón, Carballido, Cereixido, San Mamede, San Pedro de Río, Negueira, Vilardiaz, Arroxo, Brancio, Lamas…) nos sitúan en las tierras altas de la cuenca del río Navia, en el oriente de la provincia de Lugo, donde la agricultura de montaña mantuvo las herramientas tradicionales hasta muy tarde.
El valor del cuaderno está ahí. Lo que en un diccionario es una sola palabra, en la aldea era un pequeño mapa lingüístico. El rastrillo, el angazo, es engazo en Freixo y Barangón, arrestelo en San Mamede y runqueiro en la orilla del río Navia. El mango de la guadaña se lleva con las muletas en Brancio, con los afincadoiros en Cereixido, con los gardamaus en Arroxo, con las manillas en Carballido y con las asas en Barangón. Cada aldea tenía su manera de llamar las cosas, y todas eran correctas.
Abrir la tierra: el arado y las gradas
El año empezaba con la tierra. El arado de pau (arado de palo), también llamado aradín (Freixo) o arado de madeira (Negueira), era un instrumento enteramente de madera salvo la punta. El labriego lo guiaba por la rabela (esteva); la larga lata (timón) unía el arado al yugo; la teiriña (telera) lo sujetaba y regulaba la profundidad, y en la punta iba la rella (reja), la pieza de hierro, encajada en la palmela (dental). Las orelleiras u orellas abrían el surco hacia los lados. En el extremo de la lata, el figaro, la chavilla, la chavella o el pecho (según el lugar) la sujetaban al yugo.
Junto a él, la lámina dibuja la cambela, una pieza curva (la camba) apretada al timón con los apreixos o apreixadoiros. Las tierras de monte, pedregosas y en pendiente, pedían herramientas ligeras que se pudieran levantar y arreglar sin herrero.
Después de arar venía la grade (grada), que deshacía los terrones e igualaba la tierra. La de madera era un bastidor de traveseiros (travesaños) clavados de dentes (púas), arrastrado por la rabela o temón. La de hierro, más moderna, ya llevaba agarradoiras, roda (rueda) e incluso un control de profundidade: una primera muestra de cómo la industria iba entrando, pieza a pieza, en el trabajo de la aldea.
El yugo: la fuerza del ganado
Nada de esto se movía sin el ganado. El xugo (yugo) para el ganado vacuno era una pieza de madera labrada con sus castelos y cantrelas, unida a los animales por las sogas (correas) y las mulidas, las almohadillas que protegían la frente. En el centro, la dobla, el tuxeiro o el tallobre recibían el timón del carro o del arado. Para mulas y caballos se usaba otro sistema, con cuelleiras y collarón. La lámina recoge también un yugo mixto, vacuno y mular, testimonio de las economías humildes que uncían lo que tenían. Es el mismo yugo que, en nuestro reportaje O carro e o home, hacía cantar el eje del carro por los caminos.
Cavar y rozar: la herramienta de mano
Donde no llegaba el arado llegaba el brazo. La familia de la aixada (azada) es enorme y cada aldea le da su nombre: axada (Arroxo), xada (Cereixido), anxada (Freixo). Tenía una pala o folla y un ollo (ojo) donde entraba el mango. El aixadón (azadón) era su versión pesada, para cavar hondo. El rodo (legón en Negueira) servía para arrastrar tierra; el chapo (sacho en Vilardiaz) era para escardar el maíz y las patatas; el gadañón de dientes, para desterronar.
En la misma lámina aparece una máquina humilde e ingeniosa: la máquina de picar o toxo (máquina de picar tojo), una mesa con una coitela (cuchilla) curva movida por un mango. El tojo picado era cama para el ganado y, después, estiércol para las tierras: el monte alimentaba la tierra de labor.
Para el monte había otro equipo: el pico, con la peta al otro lado; el podón de monte (podoa en Negueira) y la fouce do toxo (hoz del tojo); la fouce de mango largo, con su rabizo; y el rozón, que es gadaño en Freixo, gadañón en Carballido, fouzón en San Mamede y fouza en Barangón.
El invierno: la madera
Los meses de frío eran tiempo de leña y de carpintería. La brosa (el hacha; broso si es pequeña), la marra (maza en Freixo), el mazuco (malluco en San Pedro de Río) y las cuñas partían los troncos. El tronzador serraba a dos manos, por las asas o manillas; la serra de aire y la serra portuguesa abrían tablas, y el pau-ferro servía de palanca. De esa madera salían después los mangos, los yugos y los carros.
La hierba: la guadaña y el sonido del yunque
Con el verano llegaba la siega de la hierba, y con ella la herramienta más elegante del labriego: la gadaña (guadaña). Sobre el estil, mango o rabo, las empuñaduras (que ya vimos que cambiaban de nombre de aldea en aldea) permitían el largo movimiento de vaivén con que se segaba el prado. La folla (hoja; verduguillo en Vilardiaz) se unía al mango por el calcaño y la argola, y terminaba en el fío o corte (filo).
La guadaña perdía el filo enseguida, y afilarla era todo un ritual. En el mismo prado se clavaba el incre, un pequeño yunque de punta, y sobre él se batía la hoja con el martelo de crabuñar: el golpe regular, metálico, del crabuñar era uno de los sonidos del verano en las aldeas. En casa había un incre fijo, montado en un cepo. Entre corte y corte se pasaba la pedra de afiar (piedra de afilar), que el segador llevaba a la cintura dentro del corno, un cuerno de vaca con agua, colgado por el gancho.
El pan: hoz, mayal y era
El centeno y el trigo se segaban con el fouzo (hoz; fouciño en Negueira), de hoja curva y mango corto. Después, en la era, la malla: el malle (mayal) era una vara larga (el mango, moca o pértega) a la que se unía, con un xugo de cuero, la vara corta que golpeaba las espigas. Cada parte tenía, otra vez, sus nombres locales. La malla era trabajo vecinal: las familias se ayudaban por turnos, y el día terminaba con comida y fiesta.
Con el grano ya en el suelo, la vasoira y la cuañeira separaban la paja y los restos; el cribo redondo y la criba grande limpiaban el grano. La paja se ataba con biortas, mimbres retorcidos (birta en Freixo).
La máquina llega a la era
A lo largo del siglo XX, las máquinas de mallar (trilladoras) fueron llegando a las parroquias. Se movían primero a mano o con malacate y después con motor. La lámina la muestra por fuera (el tableiro, las rodas, el timón, el carrete de la polea) y por dentro, con el cilindro de degrañar (cilindro desgranador) y el tragante da palla o cebador. Donde antes había un día entero de golpes de mayal, ahora había el ruido del motor y el polvo; la fiesta de la malla cambió de sonido, pero siguió siendo colectiva.
Con ella llegó la limpadora, una aventadora de manivela: el grano caía desde la muxega (tolva), las pelas o aspas movían el bombo do aire, y las cribas separaban el grano bueno del menudo y de la suciedad, cada uno por su salida. El viento de la era, que antes se esperaba con los brazos en alto, se había metido en una caja de madera.
Medir, trasvasar, guardar
El grano limpio se medía con el tego, una medida de madera con forma de artesa, y se trasvasaba con el caldeiro (cubo) y con la cesta. Se guardaba en la paneira o hucha de la casa, o en las tuñas del hórreo, levantado sobre pies para que no entrasen ni la humedad ni los ratones. De ese grano dependía el pan de todo el año y la simiente del siguiente.
Rastrillo, horquilla y horca
Para recoger y mover la hierba y la paja había toda una familia de herramientas de dientes. El angazo (rastrillo: engazo, arrestelo, runqueiro), de madera, con su lombo y sus dentes. El forquito, que en otras aldeas es forcada, y en San Pedro de Río forquita o galla: a veces una simple rama en horquilla. La galleira, de dos púas de hierro. Y la horca (culmeira en Barangón, forqueta en Vilardiaz), con su ollo y sus dentes, para el estiércol y la hierba pesada.
Cestos: la arquitectura del mimbre
Ningún trabajo del campo se entendía sin el cestero. Cada cesto tenía su oficio: el cesto da semente para las patatas; el cesto das castañas; los cestos o bozos que se ponían en el hocico de las vacas y los terneros para que no comiesen la cosecha; la esporta o espuerta; el canasto grande.
Entre los cestos sin asa estaban la cesta que llevaba la merienda a la siega, el peselo (para erizos de castaña, nabos y patatas), la banastra donde se llevaba el pan cocido (y donde, dice el cuaderno, también se acostaba a los niños) y el cesto de tablas, para sembrar los cereales y echar los abonos químicos. Ese último detalle recuerda que, cuando se hizo aquel cuaderno, el mundo antiguo y el nuevo ya convivían en la misma tierra.
El fin de un mundo
A partir de los años cincuenta, la emigración vació las aldeas, la concentración parcelaria redibujó las fincas y el tractor sustituyó al yugo de vacas. En una generación, el saber que recogen estas láminas (cómo se pica una guadaña, cómo se uncen dos vacas, qué nombre tiene la pieza que sujeta la reja) dejó de transmitirse de padres a hijos.
Quedan las herramientas, muchas veces colgadas en una pared como adorno. Y quedan los nombres, que son la parte más frágil de este patrimonio. Por eso aquel cuaderno vale tanto: porque recogió las palabras cuando aún había quien las decía.
Para saber más
Museo do Pobo Galego (Santiago de Compostela); Xaquín Lorenzo, «Etnografía. Cultura material», en Historia de Galiza, dir. Ramón Otero Pedrayo (1962).

